Radio Victoria 25 años en comunidad, cultivando vidas y esperanzas

(Tomado del libro Donde anida el torogoz. Sistematización de la experiencia organizativa de Santa Marta)

La primera visión de Santa Marta que apareció ante los ojos de su gente fue sencillamente desoladora. Allí no había quedado nada: ni una vivienda en pie. Apenas las paredes de lo que otrora había sido la escuela, recordaban que un día había existido vida. Acostumbrados a años de penurias, los repobladores hicieron acopio de todo su amor por esa tierra y acamparon a la intemperie, “como ganado en pasto”, como ellos acostumbran a decir. Carecían de todo, menos de coraje. Por eso, y con el mismo espíritu que los acompañó en los tiempos del exilio, armaron sus “ranchos negros”, hechos con plástico de ese color y sostenidos por varitas de madera y se dispusieron a reiniciar sus vidas.

Nosotros, los del primer retorno- comenta Leonor Pineda- sólo encontramos acá puro monte. Tuvimos que dormir dos o tres días a lo raso, debajo de los árboles. No teníamos ni con qué taparnos, apenitas pude cargar con una caja de ropa con lo mínimo y por cierto, en la bajada para Santa Marta la tuve que dejar en El Zapote y luego volver por ella. Yo traía mis seis niños pequeños, mi esposo se quedó en Chalate, en la guerra. Con una pala y un machete limpié un poco de monte para hacer nuestro ranchito. Así nos tocó. Me recuerdo que en los retenes nos preguntaban por qué íbamos para Santa Marta. Nosotros le decíamos: Porque somos de ahí.” (Intervención en taller con grupo focal de la tercera etapa. Santa Marta. Octubre 23/2016)

Dina Cabrera recuerda: “Por las noches nos atacaban los tacuasines, las ratas, las culebras. Nosotros despertamos una mañana y descubrimos que habíamos aplastado con el cuerpo una culebra enorme que se nos coló en el rancho. Para cocinar pasábamos horas tratando de sacar agua de los pocitos. Fueron momentos bien duros, pero ya estábamos en casa.” (Intervención en taller con grupo focal de la tercera etapa. Santa Marta. Octubre 23/2016)

En efecto, la alegría de estar en casa reavivó de inmediato el ya inmenso acumulado organizativo de una comunidad heroica. La gente mostró, desde el principio, voluntad para trabajar en lo que fuera necesario. Esto, junto al apoyo de las iglesias y otras organizaciones, permitió que la vida floreciera en medio de tanta desolación.

En noviembre se produce el segundo retorno. Al respecto comenta Gerardo Arturo Leiva (Don Joche) quien fuera uno de sus coordinadores: “Los del primer retorno lo tuvieron más complicado por el asunto de las negociaciones. A nosotros, los del segundo, se nos hizo más fácil. Sólo tuvimos que organizar a la gente y coordinar con las iglesias y organizaciones solidarias que nos acompañaban. Así y todo, tuvimos tropiezos. El plan era entrar a la catedral, pero no nos dejaron. En Aguilares fuimos detenidos y no querían dejarnos pasar, pero fuera de eso, no hubo grandes complicaciones. Yo siempre estuve en contacto con los líderes que ya estaban aquí, incluso, vine a explorar para ver cómo estaba la situación y regresé para coordinar el retorno. Lo importante es que llegamos para unirnos a los esfuerzos que ya estaban realizando los primeros. La derecha, el ejército nos quisieron sacar de aquí, nos amenazaban continuamente, era una zona en conflicto, había combates por donde quiera; pero la organización y el apoyo solidario nos ayudaron a mantenernos firmes.” (Intervención en taller con grupo focal de la tercera etapa. Santa Marta. Octubre 23/2016)

Aprovechando las paredes de la antigua escuela, montaron una bodega para resguardar los envíos de las iglesias hermanas. La Iglesia Católica a través del arzobispado suministraba los alimentos, la Iglesia Luterana proporcionó los materiales de construcción para las primeras viviendas provisionales y las Iglesias Bautista y Episcopal enviaban medicinas.

Con el socialismo por horizonte.

Una de las primeras estructuras que se crea, ya en el terruño, es la Directiva Comunal integrada por el presidente y el vicepresidente. Contaba también con secretario, tesorero, síndico y tres vocales. La función de este órgano era fortalecer la organización comunitaria, canalizar sus propuestas e inquietudes y vigilar que los recursos de la comunidad fueran administrados con transparencia. Las decisiones se consensuaban con la gente y para esto se habilitaron mecanismos de constante comunicación con el pueblo y espacios de participación democrática.

A partir de esta estructura central y tomando en cuenta las prioridades que se iban presentado, es que aparecen las áreas o comisiones de trabajo.

Una de las primeras en crearse fue el Área de Construcción, encargada de levantar viviendas más dignas para los pobladores y de la infraestructura necesaria para devolver los servicios a la comunidad.

Hay quienes nos preguntan- dice Carlos Bonilla- por qué no intencionamos desde entonces un mejor ordenamiento urbanístico para Santa Marta y yo digo que en ese apuro, en medio de la guerra y sin contar con personal calificado, fue imposible. Apenas nos dio tiempo a levantar las casas, la clínica y considerar una zona verde que es la plaza, para los eventos. No se pudo hacer otra cosa, eran los tiempos.” (Tomado de entrevista a profundidad concedida a la autora. Santa Marta. Septiembre 21/2016)

Casi al unísono, nace el Área de Producción pues existía el deseo y la necesidad de cultivar alimentos para no depender exclusivamente del asistencialismo. FEDECOOPADES jugó un papel decisivo con su acumulado en el tema de agricultura. Esta área de trabajo tuvo la gran responsabilidad de distribuir las tierras. Durante los primeros tiempos fue preciso pagar arrendatarios para poder cultivar. Después, un terrateniente de la zona, Alejandro González, les alquiló 40 manzanas de tierra que primero hubo que desmontar y acondicionar. Era muy poco para tantas familias, pero lo que se producía se repartía equitativamente en dependencia de los miembros de cada núcleo familiar.

A fines de 1988 se da un hecho para algunos singular. Los principales dirigentes de la comunidad se hallaban reunidos con una representante de la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos, cuando el terrateniente Alejandro González se personó y pidió hablar con Don Carlos Bonilla. Traía una propuesta: Yo quiero venderle mis tierras a Santa Marta- dijo- Son 300 manzanas. Cuenta Carlos Bonilla que lo primero que se le vino a la mente es que ni de lejos tenían con qué pagar tanta tierra, pero que poseerlas sería una ganancia enorme para la comunidad. El señor pedía dos mil colones por cada manzana. Entonces, la representante de la iglesia se interesó por el asunto y entre todos, hicieron las cuentas. Se necesitaba un poco más de medio millón de colones y allí mismo surgió una solución. La representante de la Iglesia Presbiteriana les pidió que negociaran con el dueño dos plazos para efectuar el pago y prometió que gestionaría los fondos.

Así se hizo. Una comisión negoció los dos plazos y el dinero llegó en el tiempo prometido. Cuentan que cuando se efectuó el último pago, el terrateniente lloró por el dolor de dejar sus tierras, pero a la vez redujo el precio inicial a 1 700 colones y dijo que esto lo hacía por amor a Santa Marta. Para algunos, fue un gesto insólito por parte de alguien que en el pasado había sido uno de los tantos explotadores de los campesinos de la zona. Para otros, había una explicación sencilla y carente de sentimentalismos: Don Alejandro intuía que, dada la situación imperante, podía perder sus tierras, así que optó por venderlas cuando aún había tiempo. Lo cierto es que su decisión permitió una nueva distribución por parte de los encargados del área productiva. No se tuvieron privilegios al hacerlo. Cada cual recibió su parcela y la producción de alimentos siguió aumentando. Más tarde, otro terrateniente, dueño de la hacienda San Manuel les vendió 93 manzanas que se pagaron con el dinero ahorrado de las contribuciones que recibían. En Santa Marta se controlaba con mucho celo el dinero destinado a la comunidad y de ningún modo se permitía corrupción con los recursos del pueblo.

Las Áreas de educación y salud, que fueron apuestas históricas de la comunidad, se fortalecen y conforman los Programas Educativo y de Salud Comunitaria, esta última desempeñada fundamentalmente por mujeres y con la finalidad de preservar la higiene y la salud de los pobladores.

La educación se convierte, no solo en una prioridad, sino en la base del proyecto comunitario en el entendido de que un pueblo culto es un pueblo más libre. No contaron con ningún apoyo del Ministerio de Educación. Fue la misma gente de la comunidad la que asumió el rol de educadores y educadoras y le dieron continuidad al modelo basado en la educación popular, con su tesis de aprender enseñando, puesto en práctica desde los tiempos de las Comunidades Eclesiales de Base y también en los refugios. Los maestros y maestras, que venían de un proceso organizativo popular, lograron compartir una educación afín a la historia y las necesidades de la comunidad y el contexto. Fue un proyecto profundamente innovador al romper con los rígidos esquemas de la educación tradicional bancaria y partir de los saberes y acumulados de la gente con un propósito emancipador.

“Nosotros fuimos contrarios a esa educación que prepara para ser funcionales al sistema- comenta Alfredo Leiva- Esa educación pensada para que los alumnos y alumnas imiten y no para que piensen y creen a partir de sus conocimientos prácticos. La vida y la acción concreta de transformación eran y todavía son los pilares desde donde se pensó siempre la educación en Santa Marta. Eso tuvo un costo de años de lucha con el Ministerio, pero al final triunfamos y los frutos de esa apuesta son muy visibles en las nuevas generaciones.” (Intervención en el taller con grupo focal de la tercera etapa. Santa Marta. Octubre 23/2016)

Por su parte, el área de Organización mantuvo la figura del coordinador cada diez casas, heredada de los tiempos de los refugios. Estos coordinadores estaban en contacto permanente con la referente de esta área, Ida Hernández en una comunicación horizontal donde se tramitaban las problemáticas e inquietudes de la gente. La función de los coordinadores era mantener viva la relación pueblo-decisores en una retroalimentación activa puesto que los decisores contaban con el reconocimiento del pueblo y formaban parte de él.

Otra forma organizativa que permaneció aportando a la comunidad desde la espiritualidad fue la Pastoral. Siguiendo la tradición que viene desde los tiempos de las CEB, la fe va a continuar siendo una fuerza más para mantener viva la rebeldía y la capacidad de lucha de la población. Se conservó el espíritu ecuménico y la vinculación de Los Evangelios con la realidad.

Periódicamente se convocaba a reuniones de familias para tratar temas de interés comunitario. El coordinador utilizaba una metodología reflexiva y participativa con elementos de la lectura popular de la Biblia. Estos espacios solían comenzar con una cita o pasaje bíblico, relacionado con la problemática a debatir. Luego había un momento de análisis que continuaba con una invitación a la reflexión, ya llevada a la vida de la comunidad y se terminaba consiguiendo acuerdos, compromisos y vías de seguimiento para solucionar el problema. Era un ejercicio democrático que combinaba la mística y la ética cristianas con la participación real y de hecho, la gente sentía que era parte de las decisiones y de la solución de cada problema comunitario. Esto le otorgaba al coordinador el prestigio necesario para abordar cualquier tema y le concedía una capacidad movilizativa impresionante e indispensable en el contexto en que se vivía.

Se crearon las Tiendas Comunitarias que significaron un germen de lo que hoy se denomina nueva economía popular o economía asociativa. Se crea el Comité de Repobladores de Cabañas y Cuscatlán (CRCC) en 1988, lo que permitió contar con un órgano de gestión para tramitar las necesidades de los repobladores.

Se legitimó un liderazgo comunitario, que en gran parte venía trabajando desde los refugios, decidido a continuar la lucha, con fuerte sentido de pertenencia y de identidad. Líderes naturales, surgidos del pueblo y que fueron reconocidos por la capacidad demostrada de motivar, elevar la moral y el optimismo de la gente, aún en las circunstancias más difíciles.

Nuestros líderes- apunta Bartolomé Henríquez- tuvieron la capacidad de contagiarnos esperanza. Por eso lograban movilizar, porque acompañaban cada proceso codo a codo con la gente.” (Intervención en el taller con grupo focal de la tercera etapa. Santa Marta. Octubre 23/2016)

Organización se encargó de formar y trabajar con otras estructuras que tenían que ver con la atención a los lisiados de guerra y a las mujeres. Eran tareas que asumieron personas con una militancia frentista sólida y también con alto grado de creatividad y humanismo por tratar con víctimas del conflicto.

Yo cumplí varias tareas organizativas- dice Maclovio- Mi primera misión fue encargarme de los heridos y los lisiados. Organizamos talleres de artesanía donde hacíamos objetos de arte con materiales que estaban a nuestro alcance: semillas de copinol, madera, pintura y cada objeto portaba un mensaje. Se nos incorporaron niños al taller que se convirtió en un espacio para que las víctimas de la guerra recuperaran la alegría de vivir. También tuve la responsabilidad de atender a las embarazadas y las paridas. Mi misión era tramitar cuotas mensuales para la alimentación de las embarazadas y los heridos.” (Tomado de entrevista a profundidad concedida a la autora en ADES. Octubre 28/2016)

Maduraba así un proyecto comunitario que ya había incorporado la propiedad colectiva sobre los bienes de producción. Las estructuras organizativas se perfeccionaron en cuanto a niveles de participación y democracia. La educación, concebida como práctica liberadora, se sitúa en el centro del esfuerzo, considerando al sujeto como un ser pensante, crítico y propositivo. Todo esto, unido a la práctica de valores solidarios, de unidad monolítica dentro de la diversidad, de fraternidad, cooperación y esperanza, dan testimonio de una organización cuya apuesta estratégica no sólo apuntaba al futuro, al fin de la guerra, sino al socialismo.

 

 

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