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Por Rodolfo Romero Reyes

Querida amiga:

Con profunda tristeza conocí en La Habana el resultado de las recientes elecciones en tu país. Sé lo mucho que luchas por El Salvador y el esfuerzo colectivo que realizan tú, tus compañeras y compañeros por lograr que no se pierdan los logros que ha alcanzado el FMLN desde que está en el poder.

Sé que aunque estos comicios no son definitorios, pues el momento cumbre serán las elecciones presidenciales en 2019, sí marcan un trago amargo y pueden entorpecer el camino a partir de ahora.

Podría entrar en detalles contigo sobre mi parecer sobre los actuales candidatos que se perfilan por el FMLN, las propuestas que tiene ARENA y que tanto me recuerdan al «ilustre» Donald Trump, y este figurín independiente que ha ganado muchos simpatizantes en poco tiempo; pero lo creo un ejercicio inútil. Ustedes mejor que nadie pueden comprender cuál de todos ellos sería la mejor opción para el pueblo salvadoreño, y enfatizo en la palabra pueblo, pues es el pueblo en un final, mediante el voto, que definirán su destino.

Sé que una vez estuviste en Cuba y quedaste fascinada con su gente, con sus calles, con sus lugares. También te fascinarías con su historia, una historia en la que ha sido característica recurrente la habilidad que hemos tenido cubanas y cubanos para convertir los reveses en victorias.

Carlos Manuel de Céspedes se considera el Padre de la Patria, fue el primero en alzarse contra el yugo español el 10 de octubre de 1868. Al día siguiente se dirigió a Yara, a tomar el primer poblado. Lo estaban esperando y fueron acribillados. Doce de los insurrectos se reúnen con Céspedes. El líder dice una frase que quedó para siempre en la historia: con doce hombres basta para lograr la independencia de Cuba.

En otro momento, ya avanzada la guerra y cuando el desánimo se apoderaba de las fuerzas independentistas, otro caudillo, Ignacio Agramonte, al ser interrogado por un subalterno «¿Cón qué cuenta usted para alcanzar la victoria?», respondió atinadamente: con la vergüenza de todos los cubanos.

Casi al cumplirse los primeros diez años de aquella primera guerra, un grupo de mambises estuvieron de acuerdo con firmar el Pacto del Zanjón, propuesta española que garantizaba una paz sin independencia. El jefe negro mambí Antonio Maceo, en la legendaria protesta de Baraguá, rechazó el documento y decidió, con su tropa, continuar la lucha.

Las tres anécdotas evidencian que los reveses no pueden más que la voluntad de hombres y mujeres. Algunos dirán que sí, que aquella primera guerra fracasó, pero sentó las bases para la «gran guerra del 95», que contaría con la guía política inigualable de José Martí, quien cayó en combate y nunca pudo materializar el sueño de su Cuba libre.

Después vendrían casi cinco décadas de dominio e injerencia estadounidense, pero los jóvenes revolucionarios cubanos no querían dejar morir las ideas de Martí en el centenario de su natalicio. Decidieron asaltar el Moncada, otro fracaso, sí, pero aquella acción movió a la sociedad aparentemente dormida. El joven Fidel Castro al ser juzgado por los tribunales, volvió también aquel revés en victoria y con un alegato histórico y de obligatoria consulta —La historia me absolverá—, se volvió acusador en vez de acusado. Sus palabras se distribuyeron de forma clandestina por todo el país, sus ideas lograron claridades en la conciencia política y social de cubanas y cubanos y construyeron el programa social que desarrollaría años después la Revolución Cubana.

Tres años después, cuando tras el desembarco del yate Granma la tropa rebelde es aniquilada en Alegría de Pío, Fidel se reencuentra en Cinco Palma con su hermano Raúl, que viene también con pocos hombres y armas. Son doce hombres y siete fusiles; la expresión del líder manifestó un optimismo sin límites: «ahora sí ganamos la guerra».

Efectivamente, después de dos años de guerra de guerrillas, se logra el triunfo revolucionario en enero de 1959. Pero también en tiempo de paz, existieron reveses.

En los primeros años de revolución se fueron la mitad de los 6 mil médicos con que contaba el país, y a los pocos años tuvimos 20 mil médicos ejerciendo su profesión en los lugares más inhóspitos del país.

Cuando las bandas de bandidos alzados mataron a jóvenes alfabetizadores, en menos de un año su sumaron miles de jóvenes y nos convertimos en el primer país de América Latina libre de analfabetismo.

Militarmente fuimos sorprendidos en la madrugada del 15 de abril de 1961 y bombardeados nuestros principales aeropuertos, y cuatro días después le estábamos propinando una derrota sin precedentes en América Latina a la fuerza mercenaria entrenada por la CIA.

Estuvimos a punto de desaparecer de la faz de la tierra cuando la Crisis de Octubre, y desde ese momento fuimos para amigos y adversarios, ejemplo de firmeza, ética y compromiso con nuestros principios socialistas.

Fracasamos cuando nos propusimos hacer una zafra de 10 millones de toneladas, pero nos crecimos económicamente y en la confianza en el trabajo colectivo y voluntario en la nueva sociedad.

Sufrimos la crisis económica del periodo especial en la década de los noventa, pero hoy estamos apostando por un socialismo próspero y sostenible económicamente.

Rememoro estos hechos no para regodearme en triunfos que son, para muchos países del área, meras utopías, sino para mostrarte como de las peores adversidades, al menos en Cuba, hemos sacado aprendizajes. Eso sí, siempre hemos sido optimistas y nunca nos hemos cansado.

A eso precisamente quiero invitarte, a ti y a tus colegas salvadoreñas y salvadoreños, a que sean optimistas y a no cansarse jamás. Trabajen más. Mano a mano con el resto del pueblo viajen a sus raíces, redescúbranse en su historia, logren que las palabras sabias de Schafik Hándal se conviertan en libros de cabecera para cada habitante del país; y enfrenten al neoliberalismo y al capitalismo voraz con los versos del inmortal Roque Dalton.

Por último, te comparto la enseñanza de un cuento infantil escrito por nuestro apóstol José Martí en aquella revista —La edad de oro— que concibió para las niñas y los niños. En la historia de Meñique, sentencia el maestro: «Todos los pícaros son tontos. Los buenos son los que ganan a la larga». Ustedes, ganarán a la larga.

 

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