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Por Luis Armando González

En el contexto del XXXVIII Aniversario del asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero (1), y con la buena noticia de su pronta canonización por parte del Papa Francisco, es casi que imposible no reflexionar sobre el significado de su vida, obra y muerte en el presente de nuestra sociedad. Hay, qué duda cabe, un significado imperecedero en la vida y el legado de Romero, que va más allá de la maneras concretas en las que la sociedad salvadoreña lo interprete y se lo apropie.

Se trata aquí de la universalidad del Arzobispo mártir, la cual atañe a su compromiso, desde la fe, con una justicia radical en favor de los oprimidos y marginados de El Salvador. Esa radicalidad fue motivo de odio por parte de los grupos de poder económico y político del país, y fue la que en definitiva llevó a estos grupos a fraguar y realizar el cruel asesinato que terminó con la vida de Romero, el 24 de marzo de 1980. El día que este significado se pierda, o se diluya, en el mar de los manejos mediáticos o en la “neutralidad” de un catolicismo infantilizado y acrítico, ese día dejará de entenderse porqué él fue asesinado, la dimensión real de su martirio y su legado como pastor comprometido con una justicia plena para las víctimas de la exclusión socio-económica, y de los abusos de poder, militar y paramilitar, cometidos por sectores que hicieron de la riqueza su único ídolo.

Dicho eso, no deja de ser interesante preguntrarse por cómo se está apropiando (o se puede apropiar) de ese significado la sociedad salvadoreña actual. Y aquí no se puede menos que reconocer los cambios culturales (y demográficos) de El Salvador desde el asesinato de Romero hasta el día de hoy. En el marco de un cultura neoliberal globalizada, que se comenzó a imponer con fuerza a los largo de los años noventa del siglo XX, se generó un proceso de “juvenilización” cultural  (2),  que a estas alturas no sólo está en pleno vigor, sino que parece ser indetenible. Es notable en los sectores ricos y también en las clases medias, especialmente las mejor ubicadas económicamente, pero también con una relativa buena educación. Su acceso a (y uso permanente de) las “redes sociales” es indiscutible; a través de ellas no sólo consumen los “estilos” juveniles extranjeros, sino que los tropicalizan a la salvadoreña (viajes, consumo de comida, deportes extremos, uso de tecnología, formas de hablar, videojuegos y equivalentes, etc.). No es un fenómeno nuevo, pues ya en los noventa y primeros años de la década siguiente se hizo presente, en sintonía con los influjos culturales provenientes de EEUU en donde esa “juvenilización” brotó como algo casi natural en el cine, la música, los deportes y la publicidad.

No todos los sectores de la sociedad viven de igual manera esa “juvenilización” cultural. Para el caso, esos miles de jóvenes que trabajan en las maquilas quizás sientan su llamada cuando se conectan a las redes sociales, pero la dura realidad que les toca vivir es la de la explotación económica y las exclusiones, que –con otro modelo económico— fueron las de sus padres y abuelos. Es decir, son jóvenes a los que les cuesta, aunque lo deseen, vivir de una manera juvenlizada. Y lo mismo sucede con otros miles de adultos –de 30 y 40 años en adelante— que sólo pueden aspirar a “vivir juvenilmente”, pues la dureza de su vida real se los impide. Eso no quiere decir que no estén contaminados por la cultura juvenilizada que se irradia desde las redes sociales, los deportes, el cine y, en general, desde los medios de comunicación.

Este es el país (y su dinámica cultural) en el que deben abrirse paso Mons. Romero y el significado de su martirio, su vida y su obra. La cultura globalizada y neoliberal (y esa veta suya que es la juvenilización cultural) propende a la superficialidad, el inmediatismo, lo efímero y lo fácil. Se trata de una cultura líquida, propia de una sociedad también líquida. Además de un desprecio hacia hacia lo viejo, da lugar a un rechazo a lo denso, lo sólido, lo firme. Quienes están empapados de esa “cultura líquida” –intensamente juvenilizados— se sienten más allá de compromisos o responsabilidades con la justicia, la igualdad, el bien común o cosas afines, ante las cuales suelen ironizar burlonamente. Lo suyo suele ser una actitud de distancia e  indiferencia (3)  respecto de todo aquello que no guarde relación con su consumo de tecnología, de turismo o de películas de la última generación.  

Con Mons. Romero, estamos ante algo sumamente denso en significado. Su vida y su obra tocaron las fibras más sensibles del poder económico y político de El Salvador en esos momentos. Su martirio puso de manifiesto la capacidad de ese poder para causar dolor y muerte, sin ningún límite. A la muerte de Mons. Romero siguió una sangría que golpeó a personas indefensas e inocentes, o en todo caso “culpables” por luchar por un país más justo. Con Mons. Romero y en torno a su ejemplo (antes y después de su asesinato), salió a relucir lo mejor de este país en ansias de dignidad y respeto por los débiles. La esperanza contra toda esperanza nunca se perdió incluso ahí donde la sangre corría a borbotones como resultado de una violencia represiva desbocada. Estamos aquí ante opciones y valores  firmes, sólidos, en muchos sentidos contrarios a las opciones y valores de la cultura líquida predominante.

El realismo en el análisis invita a ser pesimistas acerca de la capacidad que pueda tener la densidad simbólica de Mons. Romero no sólo para sobrevivir a la vorágine de la cultura globalizada (y sus aristas siempre cambiantes) sino para contrarrestar sus efectos más nocivos, como son esos que invitan a la despreocupación por los problemas de la sociedad, la superficialidad, el cinismo y el individualismo juvenilizado como la mejor manera de vivir. Quizás sea esta cultura la que gane la partida. De darse tal situación, se perdería un anclaje moral para quienes saben que, por más que la cultura globalizada y juvenilizada homegenice los gustos y los valores, la sociedad salvadoreña está marcada por exclusiones y desigualdades que hacen de aquélla una niebla ideológica al servicio de quienes ocupan la cima del poder económico y se lucran con las desigualdades y exclusiones realmente existentes.

San Salvador, marzo de 2018     

Notas

(1) Por rigor, debería llamarle beato, pero me gusta más seguirlo llamando como siempre: Monseñor Romero.

(2) El fenómeno afecta a personas que, en el pasado –digamos años setenta del siglo XX—eran consideradas adultas sin más (30 y 40 años en adelante). Poco después se les llamó y se ellamaron  a sí mismos “adultos contemporáneos” y en el presente se les ve y se ven como  “jóvenes”, como parte de la “juventud”: no sólo hacen cosas de jóvenes, sino que no quieren tener responsabilidades y compromisos de adultos.

(3) Distancia e indiferencia que no excluyen los sarcasmos y el desprecio –con poses literarias para quienes lo pueden hacer-- acerca de la política y los políticos.

 

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